EL VUELO DEL ÁGUILA (6)

Día 2
He decidido cambiar a esta nomenclatura de lo que percibo como días desde nuestra llegada a esta tierra desconocida. Solo puedo intuir el paso del tiempo en función de nuestras horas de sueño. Nuestra adaptación con respecto a nuestros ritmos circadianos se antoja complicada en el mejor de los casos, hecho que me parece relevante de cara a la actual experiencia.

Hemos seguido navegando hacia lo que intuyo como el sur, si es que puedo confiar en mis sensaciones. La bruma persiste, así como la sensación de curvatura, y hemos debatido este asunto profundamente. Strindberg cree que nos encontramos en una especie de cámara que ocupa buena parte del interior de la Tierra y que supone un fenómeno completamente real. Andrée comulga con que debemos de hallarnos en una suerte de mundo interior, pero no cree que vaya más allá de algún tipo de efecto óptico. El ingeniero Fraenkel se declara indeciso, poco dispuesto a aceptar la hipótesis de Strindberg debido a sus implicaciones, pero también reacio a aceptar el perpetuo espejismo que requeriría la teoría de Andrée. No es esta una situación para la que el estudio académico, ni siquiera la experiencia sobre el terreno ártico, pueda prepararle a uno, me temo.

En líneas generales, la masa de tierra mantiene cierta constancia. En el detalle, las variaciones son infinitas. Hay volcanes en miniatura de hasta medio kilómetro de altura, crestas arqueadas esculpidas por la constante lava caliente que podrían demostrar mis sospechas acerca de las grietas del hielo que vimos durante nuestra aproximación. Las cenizas que rodean las erupciones recientes apenas suponen una interrupción para la densa vegetación que llega hasta la misma orilla. Ríos y arroyos recortan estas tierras bajas provenientes de unas cumbres que no podemos ver por culpa de la bruma.

La vida salvaje de manifiesta de mil maneras por debajo de nosotros. Hemos visto más de esas aves reptilianas, pero no nos han atacado (quizá arrastremos con nosotros algún tipo de olor; no imagino ninguna forma de vida cómoda en las condiciones del embalse). Unas criaturas peludas que recuerdan a los mamuts pisotean los matorrales, al igual que unas curiosas aves incapaces de volar que llegan a los tres metros de altura y muestran la más feroz de las disposiciones. Reconozco algunas de esas bestias como la viva representación de las reconstrucciones paleontológicas de nuestros dinosaurios, algunas de las cuales parecen especies contemporáneas pero sobredimensionadas. Otras son quimeras que desafían mi capacidad descriptiva. Menos mal que Strindberg las está fotografiando todas.

Han hecho falta dos días para que recarguemos nuestras reservas de gas adecuadamente, y ahora mantenemos una satisfactoria altitud de cien metros por encima de las copas de los árboles, que serán unos doscientos o trescientos sobre el suelo. Merced a las agradables brisas que parecen soplar constantemente en las inmediaciones del embalse, las velas de Andrée parecen rendir a la perfección. Esto no es el polo, seguro, sino un mundo de maravillas que me regocija poder ver con mis propios ojos.

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