EL VUELO DEL ÁGUILA (5)

17 de julio de 1897
En tierras extrañas

Al despertarnos esta mañana, hemos percibido una variación en la calidad del aire. Frente a nosotros hemos podido ver el resplandor del amanecer. No tenemos una noción clara de la distancia que hemos recorrido, pero estoy casi seguro de que hemos rebasado el polo norte y nos dirigimos hacia el este. Puedo equivocarme mucho en la valoración de nuestros progresos. Confío en mis estimaciones, pero la confianza no es la base de la ciencia, por lo que, en lo sucesivo, consideraré mis conclusiones como discutibles hasta que puedan ser verificadas objetivamente.

Hemos aumentado nuestra altitud en unos ocho o diez metros, hasta los treinta, y hemos vuelto a desplegar las cuerdas de lastre con la esperanza de recuperar cierta capacidad de maniobra. El aire está brumoso y nuestra visibilidad solo se extiende unos pocos kilómetros, pero todos hemos tenido la misma sensación de apreciar colinas dibujándose por todas partes a nuestro alrededor, por lo que entendemos que la formación de agua debe de ser una especie de embalse natural. La temperatura aumentó en cuanto emergimos, ascendiendo un mínimo de diez grados en el espacio de medio kilómetro, por lo que no hemos tardado en desprendernos de las capas externas de abrigo.

Hemos divisado islotes diseminados y una extensión de costa frente a nosotros. Todas las formaciones de tierra muestran unas orillas escarpadas de entre dos y diez metros de altura, recortadas por cauces de riachuelos ocasionalmente colapsados. El accidentado interior está cubierto por una densa jungla de árboles desconocidos. Strindberg lamenta por primera vez, según dice, no haberse familiarizado nunca con las tierras salvajes que hemos dejado atrás, con lo que Andrée y yo hemos convenido rápidamente. Si fuésemos a enfrentarnos a un bosque de coníferas, una tundra o cualquier otro tipo de terreno como el de nuestra amada Escandinavia, deberíamos poder analizarlo profunda y diligentemente. Pero tendremos que ir resolviéndolo lo mejor que podamos.

Las islas parecen estar habitadas por cierta fauna. La costa es harina de otro costal. A medida que nos aproximábamos, una bandada de aves se elevó desde sus nidos en las copas de los árboles… o lo que parecían aves a primera vista. Cuesta mucho determinar la distancia y la velocidad contra el brumoso lienzo de fondo y estas condiciones desconocidas. Pronto nos dimos cuenta de que eran mucho más grandes de lo que habíamos imaginado, y tampoco eran aves, por mucho que volaran. Por el contrario, tenían la piel expuesta, colmillos y garras que solo habíamos visto en las reproducciones de los extinguidos dinosaurios y demás criaturas prehistóricas. Estas, por supuesto, estaban muy vivas, y volaban a toda velocidad hacia nosotros. Aún nos encontrábamos contemplando sumidos en la conmoción cando sus garras rasgaron la cubierta del Águila, provocando importantes daños.

Súbitamente, tuve la visión de lo que debíamos hacer. Andrée y yo habíamos experimentado con maquetas a escala en Suecia para poner a prueba los diseños para ascensos y descensos bruscos. Este no era el tipo de contingencias que habíamos previsto, claro, pero la preparación es, como suele pasar, la madre de todo éxito frente a las más extrañas adversidades. Grité a los demás que se echasen abajo y se quedasen quietos y me hicieron caso. Seguidamente, tiré con fuerza de las cuerdas de lastre para forzar un ascenso rápido mientras las extrañas aves reptilianas nos perseguían. El súbito ascenso de varios centenares de metros me provocó mareos. Luego, cuando las criaturas se habían concentrado a nuestro alrededor, desplegué las velas y realicé una serie de ajustes que culminaron con el apagado del quemador del Águila. Nos precipitamos hacia abajo casi tan deprisa como habíamos ascendido. Finalmente, con una plegaria dedicada a los sabios espíritus de la química y la ingeniería, encendí una bengala y la arrojé al cielo teñido por los rayos del sol, apenas capaz de seguir su trayectoria.

Afortunadamente, obró el efecto que esperaba. Se cruzó con la corriente de hidrógeno que se había desprendido de la cubierta y la incendió. En un instante, una columna de fuego envolvió a dos de las criaturas atacantes. Estas, a su vez, extendieron el fuego por otras trazas de hidrógeno que provocaron una barrera defensiva de fuego mientras yo maniobraba para quedarnos a cinco metros del suelo, tierra adentro, lejos de sus nidos. Lo último que vi de ellas fue que volaban en círculos envueltas en una ciega agonía mientras trataban de alejarse de nosotros.

Entonces me derrumbé, agradecido más allá de las palabras de que Strindberg y Andrée estuviesen dispuestos a emprender las reparaciones. Yo me dejé llevar por las penumbras del aturdimiento.

Más tarde:

Sea lo que sea la luz que pende sobre nuestras cabezas, no es el sol, tal como conocemos al poderoso orbe. Permanece constantemente en lo alto del cielo, sin levantarse o ponerse en ningún momento. Nos hemos retirado a la cabina y hemos corrido las cortinas para aliviarnos un poco del aparente día eterno que reina fuera.

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