EL VUELO DEL AGUILA (2)

8 de julio de 1897
Danskøya, Spitsbergen

Estamos casi listos para el lanzamiento del Águila, pero ha surgido un problema: pierde aire. No entiendo muy bien por qué, ya que el diseño parece del todo impecable y más personas, aparte del propio Andrée, avalan la construcción. Con todo, el Águila pierde entre dos y tres docenas de metros cúbicos al día, después de inflarlo. Esto plantea un dilema.

Unos sencillos cálculos revelan que, bajo las habituales circunstancias conocidas del entorno, corremos el grave riesgo de no alcanzar el polo. Al parecer, no contamos con los suministros suficientes para el viaje por tierra que también habría que acometer posteriormente. Solo nosotros tres sabemos que estamos dentro del margen de seguridad gracias a la desconocida corriente de aire que Andrée y Ekholm descubrieron el año pasado. Pero Andrée teme revelar el hallazgo, sospechando ―no sin razón, me inclino a pensar― que tan pronto como la notica alcance a los medios de comunicación, alguien con mayor apoyo financiero aprovechará la oportunidad de quitarle el hallazgo, a él y a nuestra querida Suecia.

En resumidas cuentas, ¿nos contenemos o nos arriesgamos a que nos tomen por locos? Nos es una decisión fácil, ya que la mala prensa de ahora podría ser difícil de contrarrestar más adelante, por muy gloriosa que sea la expedición. Hemos llegado al acuerdo de tomar una decisión definitiva no más tarde del 10 de julio de 1897.

9 de julio de 1897
Danskøya, Spitsbergen

Esta mañana me he despertado convencido de que solo hay una solución posible. Mientras desayunaba, descubrí que A. y Strindberg piensan exactamente lo mismo que yo: que el mundo crea que estamos locos. Dejaremos una nota sellada con la condición de que se abra justo al mismo tiempo que nuestro primer mensaje al mundo desde los confines del polo. Esto demostrará que la nuestra no fue una apuesta a ciegas o fruto del azar, sino que procedimos en base a información fiable, aún desconocida para el grueso de la humanidad.

11 de julio de 1897
Danskøya, Spitsbergen

¡Estamos en el aire!

Tripular el Águila transmite una serie de sensaciones muy particulares. En otros globos, nuestro deseo era elevarnos por encima de los accidentes del terreno hasta alcanzar cotas de aire más sosegadas. Pero el globo de Andrée no es como los demás. Puedo otear por el lateral de la góndola y contemplar las muchas cuerdas que penden hacia el suelo, puede que a unos trescientos metros por debajo de nosotros, cada una de ellas con la posibilidad de izarse o soltarse independientemente. Su lastre hace que no nos desplacemos a la misma velocidad del viento. Al ir más lentos, podemos virar gracias a unas pequeñas velas desplegadas a ambos lados de la cubierta superior y a lo largo de la góndola. Yo ya conocía todos estos particulares, por supuesto, pero la teoría no siempre es tan glorioso como la propia experiencia.

Sin embargo, nuestro ascenso no estuvo libre de incidencias. Las cuerdas de arrastre funcionaban demasiado bien, y nos vimos obligados a arrojar parte del lastre para no estrellarnos en el mar. Sabemos que nuestros observadores más informados deben de palpar el desastre, pero sabemos lo que ellos aún no saben. Ahora viramos lentamente hacia la corriente secreta y nos disponemos para una travesía más acelerada.

¡Menuda aventura esta! No me la habría perdido por nada del mundo.

12 de julio de 1897
Al norte de Spitsbergen

A primera hora de la mañana hemos dado con la corriente secreta. Ahora avanzamos a unos respetables nueve nudos. El propio viento corre a unos diez o doce nudos, con picos puntuales, así que desplegamos las cuerdas de lastre para mantener cierto control. En el horizonte solo se ven hielo y nubes, pero sentimos las mariposas en el estómago ante el inminente descubrimiento. Nuestro rumbo está muy ajustado al norte, y aunque debamos tomar tierra a cierta distancia del polo, andamos sobrados de trineos y suministros para seguir avanzando por el hielo tras aterrizar sanos y salvos y regresar al globo sin mayores problemas. Espero no estar comportándome de manera demasiado infantil al sentir que el secretismo de todos estos cruciales conocimientos no hace sino añadir dulzor en mi paladar.

Ahora que progresamos sin contratiempos, tengo más tiempo para observar a mis compañeros de viaje. Tomo notas aquí para registrar mis impresiones en lo sucesivo.

Salomon August Andrée no es el tipo de hombre que tendría como amigo. Es quince años mayor que yo, pero va más allá de la edad. Combina una meticulosidad elegante con la tremenda confianza en uno mismo que tan a menudo ha llevado a muchos montañeros a la locura. Lo que le redime de este riesgo es el simple hecho de tener razón. Su diseño del globo y su plan de ruta para la expedición han demostrado funcionar sobre el terreno. Solo por eso se le pueden perdonar muchas cosas.

Nils Strindberg, por otro lado, es un tipo agradable. Algo más joven que yo y mucho menos experimentado en los menesteres de la exploración, goza de muy buena mano para manejar el equipo fotográfico más delicado en las peores condiciones. Confieso no alcanzar a comprender todas sus preocupaciones técnicas, pero los resultados ―sus excelentes negativos― hablan por sí mismos. Será un viaje muy bien documentado. Andrée y yo encontramos también una agradable calidez en la devoción que Strindberg profesa por su novia, a quien escribe largas misivas que luego nuestras palomas transportan junto con datos de orden más científico.

¿Y qué decir de mí? ¿Qué diría de mí mismo si no me conociese? Knut Fraenkel, veintisiete años, ingeniero civil, veterano montañero y algo bregado en asuntos de vuelo: un ciudadano del mundo. Me gusta pensar cuánto quisiera conocerme.

El viento parece arreciar. Es hora de hacer más mediciones.

13 de julio de 1897
Al norte de Spitsbergen

Ayer por la tarde, la fuerza del viento aumentó considerablemente, lanzando intensas ráfagas con puntas de veinte a veintidós nudos. Las cuerdas de lastre han reducido nuestra velocidad a diecisiete nudos, pero incluso eso es demasiado para el diseño estructural del Águila. Además, el viento vira ligeramente hacia el oeste, llevándonos no demasiado lejos del polo, aunque hacia un terreno mucho menos explorado de lo que teníamos previsto. No me importaría tener un poco más de lastre, pero temo que nuestras cuerdas acabarían soportando demasiada tensión y se partirían. Mientras tanto, nos limitaremos a observar.

Ahora tengo la sospecha de que mi hipótesis sobre la presencia de un volcán acabará siendo correcta. El hielo que se extiende por debajo de nosotros muestra unas grietas muy evidentes, de entre uno y dos metros de anchura, todas orientadas hacia nuestro ignoto destino. Solo las erupciones de un volcán pueden presionar la capa helada de esa manera. Ahora observo en busca de grietas longitudinales que me permitan ver el mar.

Más tarde.

El viento sigue arreciando y ha alcanzado picos de veintiocho nudos en dos ocasiones. Hemos perdido algunas cuerdas de lastre y ambas velas han sufrido daños significativos; he sugerido que las metamos en la góndola por motivos de seguridad. Por ahora, el viento nos arrastra a voluntad, y ni siquiera estamos a un nudo por debajo de la velocidad terminal.

Mirando hacia el frente, veo unas nubes peculiares. Se dan unas condiciones del todo inexplicables para lo que parece un incipiente frente tormentoso, pero aunque las condiciones fuesen las más idóneas, los cúmulos no permanecerían sobre el hielo de esa manera. Solo puedo decir que mi percepción debe de ser errónea. Dentro de unas horas sabremos cuál es la verdad de todo este asunto, de un modo u otro.

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