EL VUELO DEL ÁGUILA (11)

Día 8

¡Hemos descubierto un poblado! Y es muy significativo, recordándonos al señor Verne, o quizá a ese clásico de La familia Robinson suiza, del señor Wyss. Se trata de un enclave arbóreo, encaramado a una docena de árboles gigantes, conformando un rompecabezas tridimensional de plataformas, puentes y escalas de cuerda, con algunos refugios excavados en los propios troncos. Cestillas de todos los tamaños y formas están sujetas a ingeniosos artilugios de cuerdas que dan lugar a una red capaz de transportar cualquier cosa.

No hay nadie, pero es evidente que el lugar no está abandonado. Algunas de las cestillas están llenas de frutas, grano y exóticos y aromáticos panes. Los hogares están debidamente alimentados, cada cual con su montón de leña cercano. Sin embargo, no parece haber el menor rastro de pertenencias personales: es como si el enclave fuese un lugar de paso o un refugio para cazadores, más que una residencia habitual.

No es fácil intuir el nivel de civilización de los constructores de este poblado. No hemos encontrado metal en las construcciones, pero dadas las particulares propiedades magnéticas de estas tierras, puede que sea una inteligente cautela ―nos hemos encontrado nuestros utensilios metálicos calentándose o echando chispas durante minutos, y ya sospechamos que, antes de que termine nuestro viaje, tendremos que deshacernos de muchos de ellos, si no todos―. Lo cierto es que la ingeniería desplegada en poleas, palancas, arcadas y demás es superlativa. Ni siquiera yo podría hacer un trabajo más fino, y creo que no conozco a ningún ingeniero que sí pueda.

 ¡Qué hallazgo este! Strindberg maldice al infortunio que ha dado al traste con algunas de sus placas de negativos al tiempo que agradece a la providencia que haya preservado tantas. Ciertamente, sin su testimonio gráfico, pocos son los que se creerían este relato.

 Más tarde:

Hemos encontrado a los creadores del poblado y ellos a nosotros. De momento permanecen debajo de nosotros, dando vueltas alrededor del árbol que hemos escogido como nuestro refugio. Cuatro docenas de hombres y mujeres y una docena de niños nos observan en silencio. Su piel es de un curioso tono broncíneo que nunca hemos visto ni sabido antes, más allá de las fábulas de viajeros medievales. Son tan altos como nosotros y parecen gozar de una excelente salud. Su pelo es oscuro, con tonalidades que van del castaño al negro azabache, al igual que sus ojos. Visten túnicas y pantalones de fina manufactura, así como sandalias de suela gruesa, todo decorado con rayas en zigzag de varios centímetros de anchura y vivos colores que, de alguna manera, nos sugieren las culturas latinoamericanas. Llevan arcos (y quizá más armas) dentro de sus amplias sacas.

Nos hemos despertado de la siesta y siguen ahí, y en los treinta minutos que han transcurrido desde entonces no han mostrado la menor intención de trepar por una de las escalas. Andrée les ha lanzado saludos en sueco, noruego, inglés y francés; yo he sumado el alemán y Strindberg el italiano. Han respondido a cada llamada con una propia, y estamos casi seguros de que han cambiado a, por lo menos, tres lenguas antes de quedarse con la que parece la de ellos. En lo sucesivo, Andrée ha hablado por nosotros, y el que lleva la voz cantante entre ellos parece gozar de una creciente capacidad mímica respecto a su estilo verbal. Una habilidad útil donde las haya para un diplomático, creo, pues debe transmitir sensaciones de fondo antes siquiera de que se establezca el significado en sí.

He recorrido varios de los árboles y he mostrado a la tribu que no hemos tocado ninguna de sus pertenencias. Esto ha provocado un extraño suspiro que atribuyo a un sentimiento de satisfacción, del mismo modo (como nos dice Burton) que para algunas tribus una negación con la cabeza significa un sí y un asentimiento un no. También me he propuesto aislar objetos concretos, como una cuerda y una polea, y aprender su vocabulario, pero con un éxito limitado. Creo que ha llegado el momento de descender con ellos y comprobar si es cierto su aire pacífico.

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