EL SITIO (PARTE II)

Un Relato de La Sombra del Rey Demonio por José Antonio Cotrina.

—Di a las tropas que es obra nuestra —le pidió—. Diles que por fin ha funcionado un hechizo de Hedor. Y ordénales que se dispongan para el combate. Corre. Corre. Grotesco asintió y se encaminó deprisa hacia el campamento. Araña gruñó por lo bajo. Eran orcos, no humanos débiles y pusilánimes. Estaban más allá del miedo. Miró de nuevo hacia los muros negros de la ciudadela mientras se forzaba a componer una sonrisa, como si todo estuviera saliendo acorde a sus planes.
El viento de pronto trajo consigo el olor de la sangre recién vertida y, justo después, un intenso hedor a carnaza. El mago de Drudge olfateó con avidez aquella peste, como si quisiera hacer honor a su nombre. Los tatuajes que recubrían sus labios emitían un leve resplandor iridiscente.
—¿Qué crees que está sucediendo ahí dentro? —le preguntó Araña.
—Una carnicería —contestó el hechicero al cabo de un momento—. Hay magia implicada. Puedo olerla. Es una magia extraña, nueva y vieja al mismo tiempo. Es caos y destrucción. Es poder, poder absoluto, poder puro. —Miró a Araña—. Nunca he sentido nada igual. Nunca.
—¿Podemos correr peligro aquí fuera? —quiso saber Araña entonces.  No lo sé —murmuró Hedor.
Los alaridos que llegaban de la ciudadela comenzaron a disminuir de manera clara. Unos se cortaban en seco, a medio grito; otros terminaban en el gorgoteo fangoso de una garganta anegada en sangre. Se fueron espaciando más y más hasta que al fin se hizo el silencio. Un silencio absoluto, un silencio tan aterrador como los gritos que lo habían precedido. Duró poco. De nuevo resonaron en la noche pasos atronadores, como si hubiera gigantes a la carrera ahí dentro.
Se oyó otro rugido tras la muralla, justo al otro lado del portón. Y un instante después algo golpeó la puerta. Fue un golpe salvaje, el sonido de un ariete si los arietes hubieran estado hechos de carne. La puerta principal de la ciudadela, una monstruosidad de hierro negro que llegaba hasta a media altura en la muralla, tembló, retumbó y vibró, sacudida por el impacto. Dieron un segundo golpe desde dentro. Y un tercero. Al cuarto, la puerta se vino abajo a plomo, arrastrando con ella cascotes de piedra y nubes de escoria.
Una figura inmensa se abrió paso en el umbral. Durante un primer instante, Araña no supo qué estaba contemplando. Era un gigante desproporcionado, cubierto de sangre, tan enorme que tuvo que encorvarse para pasar bajo el dintel en curva. Estaba desnudo por completo y la carne le burbujeaba como si la sangre y los músculos estuvieran hirviendo bajo la piel.
—Un demonio del vacío —murmuró Hedor a su lado—. Un sin forma.
Araña tardó unos instantes en darse cuenta de que aquella cosa estaba hecha a base de seres humanos. Decenas de ellos, quizá cientos, aplastados unos contra otros, retorcidos, estrujados entre sí como si un niño descomunal los hubiera usado como materia prima para confeccionar un muñeco grotesco. Araña comprendió que habían sido ellos los que gritaban. Y habían dejado de hacerlo porque habían muerto, aunque la criatura a la que habían dado forma todavía continuaba viva. Los brazos se flexionaron y, con ellos, las decenas de cuerpos maltrechos y despedazados que los conformaban. Los ojos del engendro, dos agujeros negros con una cabeza del revés en cada centro, recorrieron las filas de orcos que se alineaban ante la ciudadela.
El monstruo rugió otra vez y salió de la muralla a trompicones, como si estuviera ebrio. Luego cargó contra las tropas orcas.
—¡A las armas! —aulló Araña.
Pero el enfrentamiento no llegó a producirse. De pronto, a media zancada, el gigante se derrumbó. Cayó hacia delante cuan largo era y los cuerpos que lo formaban quedaron esparcidos por el terreno, descoyuntados y retorcidos de manera horrible.

De nuevo se hizo el silencio. Hasta la noche parecía contener la respiración, alerta. Araña contempló a sus tropas. Estaban dispuestas para el combate, como había ordenado. Setecientos orcos con las espadas y las hachas desenvainadas. Observó la puerta abierta en la muralla y las sombras que se adivinaban más allá. No sabía qué otros horrores podían estar esperándoles allí, pero tenían que entrar. Debían tomar Balor Doronac. Hizo un gesto hacia el frente al tiempo que daba la orden de marcha. Sus tropas se pusieron en movimiento.

Araña y Hedor iban en cabeza, junto a Grotesco y Salvaje, otro de sus lugartenientes. Bordearon los cadáveres y atravesaron las murallas de la ciudadela en perfecta formación. En esta ocasión no hubo gritos de júbilo ni cánticos como cuando habían arrasado Sagrario o tomado Balera.
Balor Doronac estaba dividida en dos. La fortaleza propiamente dicha estaba al norte, separada por una segunda muralla del resto de la ciudadela, un compendio caótico de callejuelas, casas, comercios, cuadras y almacenes. Había varios incendios activos aquí y allá y varios edificios derruidos. Y cadáveres por doquier. Todos con el mismo aspecto de los que habían dejado atrás, aplastados y retorcidos. Las calles estaban inundadas de sangre.
El portón de la segunda muralla también había caído, así como buena parte del muro del que había formado parte. Había un gigante vivo allí, forjado también a base de cuerpos humanos. Estaba sentado entre cascotes, inclinado hacia delante. Había perdido los antebrazos, y sus muñones eran un caos de cuerpos rotos, esquirlas de hueso y carne reventada. Las tropas orcas se mantuvieron a una distancia prudencial del monstruo.

—¿Qué son esas cosas? —preguntó Araña.
—Engendros sin forma que moran en el vacío —le explicó Hedor—. Cuando entran en nuestra realidad intentan reconstruirse con lo que tienen a mano. Han aprovechado una brecha en la piel del mundo para colarse en la ciudadela.
—¿Una brecha, dices? —preguntó Araña—. ¿Qué insensatez es esa?
—A veces sucede —dijo Hedor—. Vivimos en un mundo endeble, más de lo que piensas. La magia con la que los hechiceros de Balor Doronac intentaban frenarnos ha provocado el desgarro. Y ha atraído a los sin forma.
—Esto es obra del Rey Demonio —murmuró Grotesco. Y se estremeció.
Araña lo fulminó con la mirada.
—Supercherías. El Rey Demonio es un cuento para asustar a los niños y las mujeres.
—¿Eso crees? —le preguntó Hedor y soltó una carcajada—. Te equivocas, Araña, te equivocas. El Rey Demonio es muy real. Habita el vacío, está hambriento y viene a por nosotros.
—Dicen que cada vez está más cerca —dijo Grotesco—. Dicen que ya vivimos a su sombra.
—Callaos los dos —ordenó Araña—. No quiero oír más san…

Un movimiento rápido en la segunda muralla lo interrumpió. Había alguien allí. Algo, mejor dicho. Había estado oculto entre las tinieblas, sentado sobre los cascotes del muro derruido, pero acababa de incorporarse. Araña entrecerró los ojos y distinguió una nueva masa de carne amorfa envuelta en distintas capas de oscuridad. Era más pequeña que los dos gigantes anteriores, pero aun así resultaba impresionante: un ser humanoide de casi tres metros de altura. Caminó hacia ellos despacio, como si no tuviera prisa por darles alcance.

Araña alzó un brazo y a su señal la vanguardia de su ejército puso una rodilla en tierra para despejar la línea de tiro a los arqueros. Con otra orden suya volaron las flechas. Más de una veintena se clavaron en el blanco al momento. Eso no detuvo al sin forma. Siguió avanzando, envuelto en las sombras movedizas que proyectaba el incendio más próximo. El engendro soltó un gruñido bajo, reverberante, un gruñido que parecía surgir de varias gargantas al mismo tiempo. Volaron más flechas. Hedor comenzó a murmurar un hechizo, con la mano derecha dentro de su bolsa de abalorios.
La criatura salió a la luz al fin. Araña se tragó una maldición, impactado a su pesar por aquel nuevo horror. Estaba formado únicamente con cabezas, cabezas aplastadas, destrozadas, unidas unas a otra por fuerzas que estaban más allá del entendimiento. Los pocos ojos que todavía se mantenían en sus cuencas estaban abiertos de par en par, fijos en ellos.

Fue Hedor el primero en darse cuenta de lo que se avecinaba.
—¡Atrás! —gritó aterrado a los orcos que se agolpaban tras ellos—. ¡Retroceded! ¡Retroceded! ¡Salid de aquí, rápido!
Araña miró al mago, aturdido, sin comprender el porqué de aquel ataque de pánico. Miró de nuevo al sin forma. Entonces reconoció las cabezas y, de modo profético, se quedó sin aliento. Ellos mismos las habían lanzado sobre los muros de la ciudadela. El monstruo se aproximaba. Cuando Araña se giraba, dispuesto a huir de aquella cosa, vio como las bocas de las cabezas se abrían al mismo tiempo y comprendió que era demasiado tarde. La criatura exhaló una intensa niebla verde por todas y cada una de sus bocas.

Araña retrocedió, espada en mano, pero no había nada a lo que atacar, nada de lo que defenderse. Los orcos intentaban huir, pero no había escapatoria. La niebla verde se abalanzó sobre ellos como una ola rápida, como el aliento de un dios. Los rodeó, los envolvió, los superó… El mundo se volvió esmeralda. Araña boqueó al intentar respirar con unos pulmones que ardían de dolor mientras se encogían bajo sus costillas. Grotesco se desplomó a su lado, de rodillas, con ambas manos alrededor de la garganta y la boca desencajada en un intento de conseguir algo de aire. La niebla verde lo cubrió todo y fue repartiendo muerte. Cuando se retiró no quedaba nada vivo en Balor Doronac.

Y de nuevo se hizo el silencio, un silencio de piedra negra, entre los muros de la ciudadela…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *