EL SITIO (PARTE I)

Un Relato de La Sombra del Rey Demonio por José Antonio Cotrina. 

La ciudadela de Balor Doronac jamás había sido tomada.

Sus murallas negras se elevaban en la noche como tsunamis petrificados, inmensas e inalcanzables. Las acanaladuras que recorrían en vertical su superficie emitían una leve fosforescencia púrpura, fruto de la magia arcana que velaba por la integridad de los muros. Las mismas piedras de Balor Doronac rezumaban magia protectora.

Desde el campamento orco, Araña contempló la ciudadela envuelta en sombras y alzó un puño enguantado.
—¡Abrid fuego! —ladró con su voz gutural y cascada. Era un orco grande, con el rostro plagado de cicatrices. Casi todas se las había hecho él mismo.
Los brazos de las catapultas ascendieron en al aire con un sonido vibrante y lanzaron su carga macabra. Eran cabezas humanas, decenas de ellas. Algunas se hicieron pedazos contra los muros entre centelleos de sangre y magia, pero la mayoría logró superar las almenas. Araña recordó como Hedor, el hechicero que les había asignado Drudge, había besado las cabezas decapitadas una por una, soplando en su interior un sortilegio de magia prohibida. Cuando impactaban, las cabezas expelían el hechizo en forma de nubarrón de niebla. Los pulmones de todo aquel que entrara en contacto con ese miasma se secarían al instante en su pecho.

Araña sabía que no iba a funcionar. La maldita hechicería que protegía los muros interfería con la magia que intentaba traspasarlo, por poderosa que esta fuera. Bien lo sabía Ocre, un orco que años atrás había formado parte de la guarnición de la ciudadela y que había intentado transportarse tras sus muros con un hechizo de salto. Se había materializado a pocos metros de las puertas, convertido en un amasijo de carne, con los órganos y el esqueleto a la vista.

—¡Segunda tanda! —ordenó Araña. Y más cabezas decapitadas surcaron el aire. Los hechizos de sus bocas dejaban un rastro centelleante tras ellas.
Los tambores no dejaban de sonar. Llevaban cuatro días haciéndolo de continuo, como si aquel redoble funesto bastara para derrumbar los muros. A los orcos no les molestaba el ruido, pero para los que se refugiaban en la ciudadela debía de suponer un tormento escucharlo: el recordatorio constante de lo que les aguardaba a las puertas.

La noche estaba nublada. Las hogueras del campamento orco superaban en número a las pocas estrellas que habían conseguido asomarse entre las nubes. Había setecientos orcos allí. Se habían levantado en armas. Tras siglos de esclavitud habían roto sus cadenas y ahora pretendían estrangular con ellas a los humanos que los habían sometido durante tanto tiempo. En aquellos mismos momentos, Drudge, su líder, se encaminaba a la cabeza de su ejército hacia Caecras, dispuesto a asestar el golpe definitivo al Trono de Alabastro. La rueda del destino giraba al fin y en esta ocasión la victoria sería suya. Y debía ser una victoria absoluta, sin paliativos.

Y por eso Balor Doronac debía caer.
Ni siquiera Eronymus, el fundador del Imperio, había conseguido rendir aquella plaza cuando forjó su reino sobre los restos de los dominios del Rey Brujo. Eronymus se había limitado a dar la empresa por imposible y había dejado la ciudadela a su espalda mientras se abría paso a sangre y fuego por el resto del territorio. Balor Doronac fue durante mucho tiempo el último baluarte fiel al Rey Brujo. Hasta que comprendieron que ya no había motivo para seguir luchando y juraron fidelidad al Imperio. Pero la ciudadela no había caído, había sido el resto de su mundo lo que se había derrumbado y a ellos no les había quedado más remedio que aceptarlo y ceder.

Araña escupió al suelo embarrado. —¡Tercera descarga! —aulló. Y las cabezas volvieron a surcar el aire.
—Esos bastardos no caerán fácilmente —dijo Grotesco a su lado. El orco, uno de sus lugartenientes, hacía honor a su nombre. Se había despellejado la cara y la musculatura de su rostro asomaba entre jirones de piel pintada de negro y rojo—. Necesitamos más hechiceros. O autómatas de guerra.
—Los orfebres tardarán demasiado tiempo en fabricarlos y preparar las almas para ellos. Drudge quiere que Balor Doronac caiga. Y quiere que caiga ya. Si tomamos la ciudadela, el Imperio sabrá que su causa está perdida y el desánimo cundirá entre sus tropas.
—Pues que venga Drudge y eche abajo él mismo esos putos muros.
—Tiene asuntos más importantes de los que encargarse.

Era la cuarta noche de asedio. Araña se preguntó si el hambre comenzaría a hacer mella ya en la guarnición de la ciudadela y en los campesinos y granjeros que habían corrido a cobijarse tras sus muros cuando la noticia del alzamiento llegó a ellos. Probablemente. Pero no podía hacerse ilusiones. No iban a rendir la ciudadela por hambre. Antes se comerían unos a otros.
Araña masculló una maldición y dio la espalda a la maquinaria de asedio para regresar al campamento, seguido de cerca de Grotesco. Hedor, el hechicero de Drudge, permaneció junto a la catapultas, sin apartar la vista de los muros de la ciudadela. Tenía los labios repletos de tatuajes y no dejaba de murmurar para sí ni un momento. Araña se preguntó qué estaría haciendo. ¿Preparaba un nuevo sortilegio? ¿Rezaba acaso? ¿Y a qué podía rezar ese mago? ¿A los viejos dioses o a los nuevos? ¿O a algo peor?

Araña atravesó el campamento. Sus hombres se congregaban alrededor de las hogueras, envueltos en capas maltrechas. Muy pocos prestaban atención a la ciudadela, como si tuvieran muy claro que aquel nuevo ataque también estaba condenado al fracaso. La noche era fría allí, a menos de cinco kilómetros de la frontera con el Gran Ducado del Oeste.

Araña se detuvo ante su tienda de campaña, un miserable tenderete de piel curtida. Estaba agotado. Llevaba dos días sin dormir y el cansancio comenzaba a hacerle mella.
—Voy a cerrar los ojos un rato, Grotesco. Haz que me despierten si hay alguna novedad.
—Pierde cuidado, no la habrá —gruñó su lugarteniente—. Cuando amanezca todo seguirá igual, ellos dentro y nosotros fuera.
Se equivocaba.

Poco después de medianoche, cuando la oscuridad era más profunda, un orco llegó a la carrera a la tienda de Araña. Lo encontró despierto. Lo habían despertado los gritos. Al principio había pensado que procedían de las jaulas de los prisioneros; a veces los suyos se entretenían jugando con ellos. Pero una vez se quitó de encima el aturdimiento del sueño interrumpido se dio cuenta de que no era así. Los gritos venían en dirección opuesta. Venían de Balor Doronac.

—Algo sucede en la ciudadela, Araña —le anunció el emisario—. Grotesco me manda a buscarte.
Araña asintió, se levantó y salió de la tienda, precedido por el otro orco.
Los gritos, verdaderos alaridos, procedían del otro lado de los muros. Eran aullidos de pánico, de horror e intensa agonía. Un pandemonio bestial que surgía de mil gargantas diferentes. Los tambores de asedio se habían ido silenciando poco a poco, uno a uno, impresionados todos por aquel griterío. Era como si las propias piedras de la ciudadela aullaran. Los orcos observaban los muros con aprensión. ¿Qué pasaba allí dentro?
Araña se aproximó a grandes pasos hacia Grotesco y Hedor.

—¿Qué es todo esto? —preguntó en un susurro.
—No lo sabemos —le contestó Grotesco—. Comenzó hace un rato. Primero fueron unos pocos gritos aquí y allá, pero han ido en aumento. Y no paran.
Araña interrogó a Hedor con la mirada. El hechicero de Drudge tardó en reaccionar, tenía la vista fija en las murallas de la ciudadela y su expresión era de perplejidad absoluta.
—Yo no tengo nada que ver —dijo al fin—. No es mi magia lo que está provocando eso.

Algo bramó dentro de Balor Doronac. Fue un sonido terrible y bronco, el sonido de una bestia descomunal. Se escuchó ruido de derrumbes y luego más alaridos. Los gritos no paraban. Un nuevo estruendo reverberó en la noche, un crujido seco y descomunal, como si la mismísima tierra se hubiera abierto, seguido de una explosión potente. Sobre la muralla se comenzaron a divisar varias columnas de humo.
Araña giró la cabeza y recorrió con la mirada la línea de orcos más próxima. Vio temor en algunos rostros. Todos miraban intranquilos el enorme portón de hierro de la ciudadela, como si estuviera a punto de abrirse y vomitar horrores indescriptibles sobre ellos. No podía permitir que la inquietud se extendiera entre sus filas.
Se giró hacia Grotesco …

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